El Americano
El Americano Estos dos comentarios podrían haber constituido una impertinencia, pero un vistazo al rostro de lord Deepmere habría convencido a cualquiera, como al parecer convenció a madame de Cintré, de que tan sólo constituían una naïveté. Una vez sentados sus acompañantes, Newman, que estaba al margen de la conversación, se dedicó a observar al recién llegado. La observación, sin embargo, en lo relativo a la persona de lord Deepmere no daba mucho de sí. Era un hombre pequeño y flaco, de unos treinta y tres años de edad, con la cabeza calva, una nariz pequeña y sin dientes delanteros en la mandíbula superior; tenía unos redondos y cándidos ojos azules, y varios granos en la barbilla. Era, a todas luces, muy tímido, y se reía muchísimo, conteniendo la respiración con un sonido extraño y llamativo, como si fuera ésta la mejor imitación de la compostura. Su fisonomía denotaba una gran simplicidad, cierta dosis de tosquedad y un probable fracaso en el pasado a la hora de beneficiarse de insignes ventajas educativas. Comentó que París era tremendamente animado, pero que en lo que a diversión auténtica, perfecta se refería no tenía punto de comparación con Dublín. Incluso prefería Dublín a Londres. ¿Había ido madame de Cintré a Dublín? Todos tenían que ir algún día, y él les enseñaría lo que era la diversión irlandesa. Iba siempre a Irlanda a pescar, y venía a París para las cosas nuevas de Offenbach. Aunque siempre las ponían en escena en Dublín, no era capaz de esperar. Había ido diez veces a escuchar La Pomme de Paris. Madame de Cintré, recostada y con los brazos cruzados, miraba a lord Deepmere con un semblante más visiblemente desconcertado que el que solía mostrar en público. Madame de Bellegarde, por otro lado, tenía una sonrisa fija. El marqués dijo que entre las óperas ligeras su favorita era Gazza Ladra. La marquesa inició entonces una serie de preguntas respecto al duque y al cardenal, la vieja condesa y lady Barbara, y Newman, después de escucharla tanto a ella como las respuestas un tanto irreverentes de lord Deepmere, se levantó para despedirse. El marqués bajó tres peldaños con él, rumbo al recibidor.