El Americano

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Madame de Cintré se apartó, y, cogiendo una pieza de tapiz, empezó a afanarse con la aguja. Transcurrieron unos minutos de silencio que fueron interrumpidos por la llegada de monsieur de Bellegarde. Entró sombrero en mano, con los guantes puestos y seguido de su hermano Valentin, que parecía recién llegado a la casa. Monsieur de Bellegarde recorrió el grupo con la mirada y saludó a Newman con su habitual cortesía comedida. Valentin saludó a su madre y a sus hermanas[23], y, mientras estrechaba la mano de Newman, le hizo una profunda interrogación con la mirada.

Arrivez donc, messieurs! —exclamó la joven madame de Bellegarde—. Tenemos grandes noticias que darles.

—Habla con tu hermano, hija mía —dijo la vieja dama.

Madame de Cintré se había quedado mirando su tapiz. Elevó los ojos hacia su hermano.

—He aceptado al señor Newman.

—Su hermana ha consentido —dijo Newman—. Ya ve, después de todo, sabía lo que me traía entre manos.

—¡Estoy encantado! —dijo monsieur de Bellegarde, con suprema benignidad.


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