El Americano

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—Tenía que reunir conmigo a hacer unas visitas, y se supone que yo debía ir a su estudio y llamar muy, muy suavemente a la puerta. ¡Pero también puede venir él a mí!

Tiró de la campanilla, y en breves momentos apareció la señora Bread con una serena interrogación en el semblante.

—Manda llamar a tu hermano —dijo la vieja dama madame Cintré.

Pero Newman sentía un impulso irresistible a hablar, y a hablar de una manera concreta.

—Dígale al marqués que le necesitamos —le dijo Newman a la señora Bread, que se retiró sin hacer ruido.

La joven madame de Bellegarde se acercó a su cuñada y la abrazó. Después dio un giro hacia Newman con una intensa sonrisa.

—Es encantadora. Le felicito.

—Le felicito, señor —dijo madame de Bellegarde con gran solemnidad—. Mi hija es una mujer extraordinariamente buena. Quizá tenga defectos, pero yo no los conozco.

—Mi madre no suele hacer chistes —dijo madame de Cintré—, pero cuando los hace son terribles.

—Es una mujer deslumbrante —continuó la marquesa de Urbain, mirando a su cuñada con la cabeza ladeada—. Sí, le felicito.


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