El Americano
El Americano La anciana dama le volvió a clavar la mirada, y después se dirigió a su hija.
—¿Vas a casarte con él? —exclamó con suavidad.
—Oui, ma mère —dijo madame de Cintré.
—Su hija, para mi gran felicidad, ha accedido —dijo Newman.
—¿Y cuándo se ha concertado esto? —preguntó madame de Bellegarde—. ¡Parece que me entero de las novedades por casualidad!
—Mi incertidumbre llegó a su término ayer —dijo Newman.
—¿Y cuánto se supone que debÃa durar la mÃa? —le preguntó la marquesa a su hija. Hablaba sin irritación, con una especie de displacer frÃo y majestuoso.
Madame de Cintré permaneció en silencio, con la vista baja.
—Ya ha terminado —dijo.
—¿Dónde está mi hijo… dónde está Urbain? —preguntó la marquesa—. Haz que venga tu hermano e infórmale.
La joven madame de Bellegarde puso la mano sobre el cordón de la campanilla.