El Americano

El Americano

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Newman se permitió una breve imprecación silenciosa cuando descubrió que madame de Cintré no estaba sola. Sentada con ella se hallaba su madre, y en medio de la habitación, con capa y sombrero, la joven madame de Bellegarde. La vieja marquesa, recostada en su sillón, cada mano firmemente agarrada a los remates de los brazos, le miró fijamente sin moverse. Apenas pareció advertir el saludo de Newman; parecía sumida en profundas cavilaciones. Newman se dijo para sus adentros que su hija había estado anunciando el compromiso, y que a la vieja dama se le había hecho difícil de tragar. Pero al darle la mano, madame de Cintré le dirigió también una mirada con la que al parecer quería decirle que había algo que tenía que entender. ¿Era una advertencia, o un ruego? ¿Le encarecía a hablar, o a guardar silencio? Estaba sorprendido, y la linda sonrisita de la joven madame de Bellegarde no le dio ninguna información.

—No se lo he dicho a mi madre —dijo súbitamente madame de Cintré, mirándole.

—¿Decirme qué? —quiso saber la marquesa—. Me cuentas demasiado poco; tendrías que contármelo todo.

—Eso es lo que hago yo —dijo la joven madame de Bellegarde, soltando unas risitas.

—Permítame que yo se lo diga a su madre —dijo Newman.


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