El Americano
El Americano —Y, dÃganme, ¿cuándo es la boda? —preguntó la joven madame de Bellegarde—; necesito un mes para pensarme bien el vestido.
—Eso habrá que discutirlo —dijo el marqués.
—¡Ah, lo discutiremos y se lo haremos saber! —exclamó Newman.
—No me cabe duda de que estaremos de acuerdo —dijo Urbain.
—Si no está de acuerdo con madame de Cintré, será usted muy poco razonable.
—Venga, Urbain, venga —dijo la joven madame de Bellegarde—. He de ir inmediatamente a mi sastre.
La vieja dama estaba de pie, apoyando la mano sobre el brazo de su hija y mirándola fijamente. Emitió un pequeño suspiro y murmuró:
—¡No, no me lo esperaba! Es usted un hombre afortunado —añadió, dirigiéndose a Newman con un ademán expresivo.
—¡Ah, lo sé! —respondió—. Me siento tremendamente orgulloso. Me entran ganas de ir pregonándolo a los cuatro vientos… de parar a la gente en la calle para decÃrselo.
Madame de Bellegarde frunció los labios.
—Por favor, no haga eso —dijo.
—Cuanta más gente lo sepa, mejor —declaró Newman—. Aquà todavÃa no lo he anunciado, pero esta mañana envié un telegrama a América.