El Americano
El Americano —¿Un telegrama a América? —murmuró la vieja dama.
—A Nueva York, Saint Louis y San Francisco; son las principales ciudades, ¿sabe? Mañana se lo diré a mis amigos de aquÃ.
—¿Tiene usted muchos? —preguntó madame de Bellegarde, con un tono cuya impertinencia, me temo, Newman sólo supo medir en parte.
—Los suficientes para procurarme un montón de apretones de mano y enhorabuenas. Por no hablar —añadió a continuación— de los que recibiré de los amigos de ustedes.
—Ellos no usarán el telégrafo —dijo la marquesa, disponiéndose a marcharse.
Monsieur de Bellegarde —cuya esposa batÃa sus alas de seda emulando a su propia imaginación, que se habÃa echado a volar rumbo a casa del sastre— estrechó la mano a Newman, y le dijo con un énfasis más persuasivo que el que hasta entonces le habÃa oÃdo:
—Puede contar conmigo.
A continuación, su esposa se lo llevó.
La mirada de Valentin iba de su hermana a nuestro héroe.
—Espero que ambos lo hayáis pensado seriamente —dijo.
Madame de Cintré sonrió.