El Americano

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—No tenemos ni tu capacidad de reflexión ni tus simas de seriedad, pero hemos hecho lo que hemos podido.

—Bueno, yo os tengo en gran estima a los dos —prosiguió Valentin—. Sois unos jóvenes encantadores. Pero en general no estoy seguro de que pertenezcáis a esa clase pequeña y superior, a ese grupo exquisito, integrada por personas que merecen seguir solteras. Son espíritus poco comunes; son la sal de la tierra. Pero no quiero ser injusto; a menudo, la gente que se casa es muy agradable.

—Valentin sostiene que las mujeres deberían casarse, y los hombres no —dijo madame de Cintré—. No sé cómo se las arregla.

—Me las arreglo adorándote, querida hermana —dijo ardientemente Valentin—. Adiós.

—Adore a alguien con quien pueda casarse —dijo Newman—. Algún día me ocuparé de disponer el asunto para usted. Preveo que me voy a convertir en un apóstol.

Valentin estaba en el umbral; miró hacia atrás un instante, con un semblante repentinamente serio.

—¡Adoro a una persona con la que no me puedo casar! —dijo, y después dejó caer el portière y se marchó.

—No les gusta —dijo Newman cuando se quedó a solas con madame de Cintré.


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