El Americano
El Americano Newman hablaba lentamente, con cierto tono de indiferencia y frecuentes pausas. Ésta era su manera habitual de pronunciar, pero en las palabras que acabo de citar fue especialmente marcada.
—¡Por Júpiter! ¡Eso sà que es un buen programa! —exclamó el señor Tristram—. Qué duda cabe de que todo eso cuesta dinero, sobre todo la esposa; a no ser, claro está, que sea ella quien lo aporte, como hizo la mÃa. Y ¿cuál es la historia? ¿Cómo lo ha conseguido?
Newman se habÃa retirado el sombrero de la frente, se habÃa cruzado de brazos y habÃa estirado las piernas. Escuchó la música y observó la animada muchedumbre, las fuentes chapoteantes, las nodrizas y los bebés.
—¡Trabajando! —respondió al fin.
Tristram le miró durante unos instantes y dejó que sus plácidos ojos sopesaran la generosa longitud de su amigo y se posasen sobre su rostro, cómodamente contemplativo.
—¿En qué ha trabajado?
—Bueno, en varias cosas.
—Supongo que es usted un tipo listo, ¿eh?
Newman siguió mirando a las nodrizas y a los bebés; imprimÃan a la escena una suerte de sencillez primigenia, bucólica.
—Sà —dijo al cabo—, supongo que lo soy.