El Americano

El Americano

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—No paran de corretear para ver si he llamado antes de haber tocado siquiera el timbre —dijo Newman—, y, en cuanto a mi persona, le hacen continuas reverencias y alharacas.

—Supongo que les estará dando propinas a todas horas. Eso es de muy mal tono.

—¿A todas horas? De ningún modo. Ayer, un hombre me trajo una cosa y después se quedó haraganeando como un mendigo. Le ofrecí una silla y le pregunté si quería sentarse. ¿Fue de mal tono?

—¡Mucho!

—Pero salió disparado al instante. En cualquier caso, es un sitio que me divierte. Al diantre con su elegancia, si me va a aburrir. Anoche estuve sentado en el patio del Grand Hotel hasta las dos de la madrugada observando el ajetreo y las idas y venidas de la gente.

—Se contenta usted con poco. Pero un hombre de su posición… puede hacer lo que le parezca. Ha amasado una buena pila de dinero, ¿eh?

—He ganado bastante.

—¡Dichoso el hombre que pueda decir lo mismo! ¿Bastante para qué?

—Bastante para descansar un tiempo, para olvidarme del dichoso dinero, mirar a mi alrededor, ver mundo, pasarlo bien, cultivarme y, si se me antoja, casarme con una mujer.


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