El Americano

El Americano

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Los dos caballeros prosiguieron por la Rue de Rivoli hasta llegar al Palais Royal, donde se sentaron a una de las pequeñas mesas situadas a la puerta del café que se adentra en el gran patio cuadrado abierto. El lugar estaba lleno de gente, las fuentes soltaban chorros de agua, tocaba una banda, bajo los tilos se habían apiñado grupos de sillas, y las lozanas nodrizas, cubiertas con cofias blancas y repartidas por los bancos, ofrecían a las criaturas que estaban a su custodia las más holgadas facilidades para la nutrición. Recorría la escena una animación natural y sencilla, y Christopher Newman tuvo la sensación de que era típicamente parisina.

—Y ahora —empezó a decir el señor Tristram cuando probaron la decocción que a petición suya les habían servido—, ahora hábleme de usted. ¿Qué ideas tiene, cuáles son sus planes, de dónde viene y adónde va? En primer lugar, ¿dónde se aloja?

—En el Grand Hotel —dijo Newman.

El señor Tristram frunció su rollizo semblante.

—¡No sirve! Tiene que mudarse.

—¿Mudarme? —preguntó Newman—. Vaya, pero si nunca había estado en un hotel tan selecto.

—No le hace falta un hotel «selecto»; necesita usted algo pequeño, tranquilo y elegante donde respondan a su timbre y reconozcan su… su persona.


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