El Americano
El Americano —Entonces, un trago.
Y el señor Tristram le mostró a su acompañante el camino de salida. Cruzaron las gloriosas salas del Louvre, bajaron las escaleras y a través de las frescas y oscuras galerÃas de escultura salieron al enorme atrio. Newman iba mirando a su alrededor mientras caminaba, pero no hizo comentarios; y sólo cuando al fin salieron al aire libre le dijo a su amigo:
—Creo que en su lugar yo habrÃa venido aquà una vez a la semana.
—Ah, no, ¡no lo habrÃa hecho! —dijo el señor Tristram—. Eso cree, pero no. No habrÃa tenido tiempo. Siempre tendrÃa la intención, pero nunca irÃa. Hay mejores diversiones, aquà en ParÃs. Para ver cuadros hay que ir a Italia; espere a ir. Allà hay que hacerlo; no se puede hacer otra cosa. Es un paÃs terrible; no se puede conseguir ni un solo cigarro decente. No sé por qué he entrado hoy en el museo. Estaba paseando, bastante necesitado de distracción. Al pasar reparé más o menos en el Louvre, y se me ocurrió entrar a ver qué era lo que se estaba cociendo. Pero de no haberle encontrado dentro me habrÃa sentido bastante estafado. ¡Diantre, los cuadros me traen sin cuidado, prefiero la realidad! —y el señor Tristram despachó esta feliz fórmula con un descaro que la nutrida clase que forman las personas que padecen una sobredosis de «cultura» le habrÃa envidiado.