El Americano
El Americano Mientras intercambiaban estos comentarios, los dos amigos se habÃan quedado de pie en el lugar donde se habÃan encontrado, apoyados contra el pretil que protegÃa los cuadros. El señor Tristram admitió al fin que estaba exhausto y que nada le harÃa más feliz que sentarse. Newman recomendó encarecidamente el gran diván en el que habÃa estado descansando, y se prepararon para sentarse.
—Es un gran lugar, ¿no cree? —dijo Newman con ardor.
—Un gran lugar, un gran lugar. Lo más excelente que hay en el mundo —y de pronto, el señor Tristram titubeó y miró a su alrededor—. Supongo que aquà no dejarán fumar.
Newman se le quedó mirando fijamente.
—¿Fumar? No tengo ni idea. Usted conoce mejor que yo las normativas.
—¿Yo? ¡Nunca habÃa estado aquÃ!
—¡Nunca! ¿En seis años?
—Creo que mi esposa me arrastró aquà una vez a nuestra llegada a ParÃs, pero no volvà a encontrar el camino para regresar.
—¡Pero si dice que conoce ParÃs muy bien!
—¡A esto yo no lo llamo ParÃs! —exclamó el señor Tristram con aplomo—. Venga, vayamos al Palais Royal a echar unas caladas.
—No fumo —dijo Newman.