El Americano

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—¿Tanto se lo parezco, entonces? Hoy en día, eso es más de lo que se puede decir de muchas mujeres. No me juzgue todavía —añadió—. Estoy decidida a tener éxito; ésa es mi intención. Los dejo; entre otras cosas, no quiero que me vean en los cafés. No se me ocurre qué puede usted querer de mi pobre padre; ahora está muy desahogado. Tampoco es culpa suya. Au revoir, padrecito —y le dio un toque al anciano en la cabeza con su manguito. Después se detuvo un instante, mirando a Newman—. ¡Dígale a monsieur de Bellegarde que, cuando quiera tener noticias mías, venga a obtenerlas de mí! —y dándose la vuelta, se marchó, mientras el camarero del delantal blanco, con una reverencia, le sostenía la puerta abierta de par en par.

Monsieur Nioche permaneció inmóvil, y Newman apenas supo qué decirle. El anciano ofrecía un aspecto deprimentemente ridículo.

—Así que decidió usted no pegarle un tiro, después de todo —dijo al poco rato Newman.





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