El Americano

El Americano

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—Vaya, eso que dice es bastante miserable —dijo Newman—. No debería usted desprenderse así de los amigos. Además, la última vez que vino a verme le vi especialmente animado.

—Sí, lo recuerdo —dijo pensativamente monsieur Nioche—; estaba febril. No sabía lo que decía ni lo que hacía. Era el delirio.

—Ah, bueno, ahora está usted más tranquilo.

Monsieur Nioche guardó silencio un momento.

—Tan tranquilo como una tumba —susurró suavemente.

—¿Es usted muy infeliz?

Monsieur Nioche se frotó la frente despacio y hasta se retiró un poco la peluca, mirando al sesgo su vaso vacío.

—Sí… sí. Pero es una vieja historia. Siempre he sido desdichado. Mi hija hace conmigo lo que quiere. Cojo lo que me da, sea bueno o malo. No tengo temperamento, y cuando no se tiene temperamento hay que estar callado. No le molestaré más.

—Bueno —dijo Newman, bastante disgustado con la blanda maniobra de la filosofía del anciano—, como usted quiera.

Parecía como si monsieur Nioche se hubiese preparado para ser objeto de desprecio, pero aun así apeló con un débil movimiento contra la vaga frase de Newman.


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