El Americano
El Americano —Al fin y al cabo —dijo— es mi hija, y todavÃa puedo cuidarla. Si va a obrar mal, vaya, lo hará de todos modos. Pero hay muchos senderos distintos, hay grados. Puedo darle el beneficio… darle el beneficio… —y monsieur Nioche hizo aquà una pausa y se quedó mirando fijamente a Newman, que empezó a sospechar que se le habÃa reblandecido el cerebro— el beneficio de mi experiencia —añadió.
—¿Su experiencia? —preguntó Newman, a la vez divertido y asombrado.
—Mi experiencia en los negocios —dijo gravemente monsieur Nioche.
—Ah, sà —dijo Newman, riéndose—, ¡eso le supondrá una gran ventaja! —y tras esto dijo adiós y le tendió la mano al pobre y ridÃculo anciano.
Monsieur Nioche se la estrechó y se apoyó contra la pared, sosteniendo la mano un momento y elevando los ojos hacia Newman.
—Supongo que pensará que estoy perdiendo el juicio —dijo—. Es posible; tengo un dolor en la cabeza a todas horas. Por eso no le puedo explicar, ni contar nada. ¡Y ella es tan fuerte que me hace ir al paso que quiere, a cualquier lugar! Pero es lo que hay… es lo que hay —y se detuvo sin dejar de mirar a Newman. Sus ojillos blanquecinos se dilataron y centellearon un instante como los de un gato en la oscuridad—. Esto no es lo que parece. No la he perdonado. ¡Ah, no!