El Americano
El Americano —Asà es; no lo haga —dijo Newman—. Su hija es un mal caso.
—Todo esto es horrible, es terrible —dijo monsieur Nioche—; pero ¿quiere usted saber la verdad? ¡La odio! Cojo lo que me da, y la odio aún más. Hoy me trajo trescientos francos; están aquÃ, en mi chaleco. Ahora la odio casi con crueldad. No, no la he perdonado.
—¿Por qué aceptó el dinero? —preguntó Newman.
—De no haberlo hecho —dijo monsieur Nioche—, la habrÃa odiado aún más. En eso consiste la miseria. No, no la he perdonado.
—¡Tenga cuidado con hacerle daño! —dijo Newman, riéndose de nuevo. Y con esto se despidió. Mientras pasaba junto a la parte acristalada del café, al llegar a la calle vio cómo el anciano le indicaba al camarero, con un gesto melancólico, que le rellenase el vaso.
Un dÃa, transcurrida una semana desde su visita al Café de la Patrie, fue a visitar a Valentin de Bellegarde y, por suerte, le halló en casa. Newman habló de su encuentro con monsieur Nioche y su hija, y dijo que se temÃa que Valentin habÃa juzgado correctamente al anciano. Se habÃa encontrado a la pareja confraternizando en armonÃa; el rigor del viejo caballero era meramente teórico. Newman confesó que estaba decepcionado; habrÃa pensado que monsieur Nioche estarÃa por encima de eso.