El Americano

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—¿Por encima, querido amigo? —dijo Valentin riéndose—; no hay ninguna altura a la que se pueda subir. La única eminencia perceptible en el horizonte de monsieur Nioche es Montmartre, que no es un barrio edificante. No se puede ser montañero en un país llano.

—De hecho —dijo Newman—, señaló que no la había perdonado. Pero ella nunca lo descubrirá.

—Debemos hacerle a monsieur Nioche la justicia de suponer que no le gusta el asunto —replicó Valentin—. Mademoiselle Nioche es como los grandes artistas cuyas biografías leemos, que al inicio de su carrera han sufrido la oposición de su entorno doméstico. Sus familias no han reconocido su vocación, pero el mundo les ha hecho justicia. Mademoiselle Nioche tiene una vocación.

—Venga, venga —dijo Newman con impaciencia—, se toma usted demasiado en serio a esa picaruela.

—Sé que lo hago, pero cuando uno no tiene nada en qué pensar, debe pensar en picaruelas. Supongo que es mejor ser serio en cosas livianas que no ser serio en absoluto. Esta picaruela me entretiene.

—Eso ya lo ha averiguado ella. Sabe que la ha estado usted buscando por todas partes y preguntando por ella. Se siente muy halagada. Es bastante irritante.

—¡Irritante, querido amigo —se rio Valentin—; ni lo más mínimo!


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