El Americano

El Americano

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—Debo confesar —continuó al poco rato— que aquí no me siento en absoluto listo. Mis extraordinarios talentos se me antojan inútiles. Me siento tan simple como un chiquillo, y un chiquillo podría cogerme de la mano y guiarme de un lado a otro.

—Ah, yo seré su chiquillo —dijo alegremente Tristram—; yo le cogeré de la mano. Póngase bajo mi custodia.

—Soy un buen trabajador —siguió Newman—, pero tiendo a pensar que soy un mal gandul. He venido al extranjero a distraerme, pero tengo dudas de saber hacerlo.

—Eso se aprende fácilmente.

—Bueno, puede que aprenda, pero me temo que nunca llegaré a hacerlo sin pensar. Tengo la mejor voluntad del mundo, pero mi genio no apunta en esa dirección. A diferencia de lo que deduzco de usted, en lo que respecta al ocio yo nunca seré original.

—Sí —dijo Tristram—, supongo que soy original; como todos esos cuadros inmorales del Louvre.

—Además —continuó Newman—, no quiero tomarme el placer como un trabajo, de la misma manera que no me tomé el trabajo como un juego. Quiero tomármelo con tranquilidad. Me siento deliciosamente vago, y me gustaría pasar seis meses como estoy ahora, sentado bajo un árbol y escuchando a una banda de música. Sólo pido una cosa: quiero oír buena música.


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