El Americano

El Americano

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—¡Música y pintura! Dios mío, ¡qué gustos más refinados! Es usted lo que mi esposa llama un intelectual. Yo no, ni pizca. Pero sabremos encontrarle algo mejor que hacer que sentarse bajo un árbol. Para empezar, ha de venirse al club.

—¿Qué club?

—El Occidental. Allí verá a todos los americanos; al menos, a los mejores. Por supuesto, juega usted al póquer, ¿no?

—¡Oiga! —exclamó enérgicamente Newman—, ¡no pretenderá encerrarme en un club y clavarme a una mesa de juego! No he venido de tan lejos para eso.

—¿A qué demonios ha venido si no? Recuerdo que bien que le gustaba jugar al póquer en Saint Louis cuando me desplumó.

—He venido a ver Europa, a sacar de ella lo mejor que pueda. Quiero ver todas las cosas importantes y hacer lo que hace la gente inteligente.

—¿La gente inteligente? ¡Muy agradecido! ¿Así que me coloca entre los zoquetes?

Newman, sentado de lado en su silla, tenía el codo en el respaldo y apoyaba la cabeza sobre la mano. Sin moverse, miró un rato a su compañero con su sonrisa seca, cauta, semiinescrutable y, aun así, en conjunto cordial.

—¡Presénteme a su esposa! —dijo al fin.

Tristram dio un bote en la silla.


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