El Americano
El Americano —No tengo la menor idea. ¡Eso espero, pobre diablo! Pero nunca llegué a enterarme. Nos detuvimos en Wall Street frente al lugar al que me dirigía, pero me quedé quieto en el carruaje, hasta que al fin el conductor bajó de su silla para ver si su carruaje se había convertido en un coche fúnebre. Era tan incapaz de apearme como si hubiese sido un cadáver. ¿Qué me estaba pasando? Idiotez pasajera, dirá usted. De donde quería salir era de Wall Street. Le dije al hombre que condujese hasta el ferry de Brooklyn y que cruzase al otro lado. Una vez allí, le dije que me llevase al campo. Como al principio le había dicho que se dirigiese al centro de la ciudad como si le fuese la vida en ello, supongo que pensaría que estaba loco. Quizá lo estuviese, pero de ser así sigo estando loco. Pasé la mañana contemplando las primeras hojas verdes de Long Island. Estaba harto de los negocios; quería dar al traste con todo y cortar de cuajo; tenía el dinero suficiente, y, si no, debía tenerlo. Parecía como si sintiera que había un hombre nuevo bajo mi antigua piel, y anhelaba un mundo nuevo. Cuando deseas algo con tanto ahínco más vale que te des el gusto. No entendía ni un ápice de lo que estaba ocurriendo; pero le di al viejo caballo las bridas y le dejé que encontrase su propio camino. Tan pronto como me pude salir del juego, zarpé con rumbo a Europa. Así es como he llegado a estar aquí sentado.