El Americano

El Americano

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—Debería usted haberse desprendido de aquel simón —dijo Tristram—; no es un vehículo lo bastante seguro para dejarlo por ahí. Entonces, ¿de verdad que se ha vendido; se ha retirado de los negocios?

—Le he traspasado mi parte a un amigo; cuando me sienta dispuesto, puedo volver a coger mis cartas. Me atrevo a decir que de aquí a doce meses el proceso cambiará de sentido. El vaivén del péndulo volverá a ser de regreso. Estaré sentado en una góndola o sobre un dromedario y de pronto me querré escabullir. Pero por el momento estoy absolutamente libre. Incluso he llegado al acuerdo de que no habré de recibir ninguna carta de negocios.

—¡Vaya, es un auténtico caprice de prince! —observó Tristram—. Me echo atrás; un pobre diablo como yo no le puede hacer malgastar un ocio tan magnífico como el suyo. Debería hacerse presentar a las testas coronadas.

Newman le miró un instante, y después, con su tranquila sonrisa, preguntó:

—¿Y eso cómo se hace?

—¡Mire, eso me gusta! —exclamó Tristram—. Demuestra que habla en serio.


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