El Americano
El Americano —No, ha de firmarlo con los ojos cerrados; yo le sostendré la mano. Venga, antes de que meta la cabeza en la soga. DeberÃa usted darme las gracias por darle una ocasión de hacer algo divertido.
—Si tan divertido es —dijo Newman—, aún lo será más después de casarme.
—En otras palabras —exclamó madame de Bellegarde—, que no lo va a hacer. Tendrá miedo de su esposa.
—Bueno, si la cosa es intrÃnsecamente impropia —dijo Newman—, no tomaré parte en ella. Si no lo es, lo haré después de mi boda.
—Habla como un tratado de lógica, ¡y de lógica inglesa, por añadidura! —exclamó madame de Bellegarde—. Prométame, entonces, que lo hará después de casarse. Al fin y al cabo, disfrutaré obligándole a cumplirlo.
—Entonces, de acuerdo, después de casarme —dijo Newman con serenidad.
La pequeña marquesa vaciló un momento, mirándole, y Newman se preguntó qué vendrÃa a continuación.