El Americano

El Americano

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Newman articuló una imprecación que, si bien breve —tan sólo consistió en la interjección «¡Oh!» seguida de un sustantivo geográfico, o quizá, más correctamente, teológico, de cuatro letras[28]—, mejor será no trasladar a estas páginas. Le dio la espalda sin más ceremonias al vestido rosa y salió del palco. En el pasillo se encontró con Valentin y su acompañante, que venían caminando hacia él. Este último se estaba metiendo una tarjeta en el bolsillo del chaleco. El celoso adepto de mademoiselle Noémie era un joven alto y robusto con una nariz gruesa, azules ojos saltones, fisonomía germánica y una enorme cadena de reloj. Cuando llegaron al palco, Valentin, con una reverencia exagerada, le cedió el paso para que entrase primero. Newman tocó el brazo de su amigo en señal de que quería hablar con él, y éste le respondió que le esperase un instante. Valentin entró en el palco detrás del robusto joven, pero al cabo de un par de minutos reapareció, con una ancha sonrisa.

—Está inmensamente halagada —dijo—. Dice que le vamos a procurar su fortuna. No quiero ser fatuo, pero creo que es muy posible.

—¿Así que va a luchar? —dijo Newman.

—Mi querido amigo, no ponga ese gesto de mortal disgusto. No fue por elección mía. La cosa está organizada.

—¡Se lo dije! —gimió Newman.


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