El Americano
El Americano —Yo se lo dije a él —dijo Valentin, sonriendo.
—¿Qué le ha hecho a usted?
—Mi buen amigo, eso no importa. Empleó una expresión… yo se la tuve en cuenta.
—Pero insisto en saberlo; como hermano mayor de usted, no puedo permitir que se lance a una ridiculez asÃ.
—Le estoy muy agradecido —dijo Valentin—. No tengo nada que ocultar, pero no puedo entrar en detalles aquà y ahora.
—Entonces nos iremos de este sitio. Me lo puede contar fuera.
—Ah, no, no puedo irme de aquÃ; ¿por qué habrÃa de marcharme a toda prisa? Me iré a mi butaca y me quedaré hasta que termine la ópera.
—No la disfrutará; estará preocupado.
Valentin le miró un momento, se ruborizó un poco, sonrió y le dio unos golpecitos en el brazo.
—¡Es usted deliciosamente simple! Antes de un lance, un hombre debe estar tranquilo. Lo más tranquilo que puedo hacer es irme directamente a mi sitio.
—Ah —dijo Newman—, quiere que ella le vea ahÃ… a usted y a su tranquilidad. ¡No soy tan simple! Mal negocio es éste.