El Americano
El Americano Valentin se quedó, y los dos hombres, en sus respectivos lugares, presenciaron el resto de la representación, de la cual también disfrutaron mademoiselle Nioche y su truculento admirador. Al acabar, Newman se volvió a reunir con su amigo y salieron juntos a la calle. Valentin sacudió la cabeza ante la propuesta de que se subiese con él a su vehículo, y se detuvo al borde de la acera.
—He de irme solo —dijo—; tengo que buscar a un par de amigos que se harán cargo de esta cuestión.
—Yo me haré cargo —declaró Newman—. Póngalo en mis manos.
—Es usted muy amable, pero eso es imposible. En primer lugar, es, como acaba de decir, casi mi hermano; está a punto de casarse con mi hermana. Eso por sí solo le descalifica; siembra dudas respecto a su imparcialidad. Y, aunque no fuera así, para mí sería suficiente el hecho de que tengo la enorme sospecha de que desaprueba usted el lance. Intentaría impedir un encuentro.
—Por supuesto que lo haría —dijo Newman—. Sean quienes sean sus amigos, espero que lo hagan.
—No cabe duda de que lo harán. Insistirán en que se pidan excusas, excusas como es debido. Pero usted sería demasiado amable. No sirve.
Newman guardó silencio un momento. Estaba profundamente molesto, pero vio que era inútil intentar entrometerse.