El Americano
El Americano Madame de Bellegarde se levantó con cierta rapidez, exclamando:
—¡Esta escena es de lo más indecente!
—No tengo ningún deseo de prolongarla —dijo madame de Cintré; y dirigiéndose hacia la puerta volvió a tenderle la mano—. Si puede usted compadecerme un poco, deje que me vaya sola.
Newman le estrechó la mano en silencio, con firmeza.
—Iré a verla —dijo.
El portière bajó tras ella, y Newman se hundió con un largo suspiro en la butaca más cercana. Se recostó, apoyando las manos en los remaches y mirando a madame de Bellegarde y a Urbain. Hubo un largo silencio. Estaban codo a codo, con las cabezas erguidas y arqueando sus espléndidas cejas.
—¿Asà que hace usted una distinción? —dijo al cabo Newman—. ¿Una distinción entre persuadir y dar órdenes? Es muy sutil. Pero la distinción obra en favor de dar órdenes. Eso la estropea bastante.
—No tenemos ninguna objeción a definir nuestra postura —dijo monsieur de Bellegarde—. Comprendemos que, de entrada, no le resulte del todo clara. En efecto, más bien lo que esperamos es que no nos haga usted justicia.
—Ah, les haré justicia —dijo Newman—. No teman. Por favor, siga.