El Americano
El Americano —No apeles, hijo mÃo —dijo la marquesa—, basta con tu palabra.
—SÃ… me aceptó —dijo Newman—. Es completamente cierto; no lo puedo negar. Por lo menos —añadió en un tono distinto, volviéndose hacia madame de Cintré—, sà que me aceptó, ¿verdad?
Algo en su tono pareció conmoverla mucho. Se dio la vuelta, sepultando el rostro entre sus manos.
—Pero ahora se ha entrometido, ¿no es eso? —preguntó Newman al marqués.
—Ni entonces ni ahora he intentado influir en mi hermana. No hice uso entonces de la persuasión y no he hecho uso de ella hoy.
—¿Y de qué ha hecho uso?
—Hemos ejercido la autoridad —dijo madame de Bellegarde con una voz melodiosa, atimbrada.
—Ah, han ejercido la autoridad —exclamó Newman—. Han ejercido la autoridad —continuó, volviéndose hacia madame de Cintré—. ¿Qué es eso? ¿Cómo la han ejercido?
—Mi madre lo ordenó —dijo madame de Cintré.
—Le ordenó que renunciase a mÃ… ya veo. Y usted obedece… ya veo. Pero ¿por qué obedece? —preguntó Newman.
Madame de Cintré miró a la vieja marquesa; sus ojos la recorrieron lentamente de arriba abajo.
—Tengo miedo de mi madre —dijo.