El Americano

El Americano

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Newman se pasó la mano por el cabello y se quedó frotándose lentamente la cabeza, mirando, con ojos entrecerrados por el anhelo, de una a otra de las tres personas que tenía enfrente. Tenía los labios apretados, y las dos líneas que se habían formado junto a su boca podrían haber dado la impresión, en un primer vistazo, de que estaba sonriendo. He dicho que su agitación no era sino una deliberación más intensa, y ahora presentaba un aspecto torvamente deliberativo.

—Esto tiene todos los visos de que se ha entrometido usted, marqués —dijo lentamente—. Pensaba que dijo que no se entrometería. Sé que no le gusto, pero eso no cambia las cosas. Pensaba que me había prometido que no se entrometería. Pensaba que había jurado por su honor que no se entrometería. ¿No lo recuerda, marqués?

El marqués arqueó las cejas; pero al parecer estaba decidido a observar una urbanidad aún mayor que la acostumbrada. Apoyó las dos manos sobre el respaldo de la silla de su madre y se inclinó hacia adelante, como si se estuviera asomando al borde de un púlpito o de una mesa de conferencias. No sonreía, sino que ofrecía un aspecto moderadamente solemne.

—Discúlpeme, señor —dijo—, le aseguré que no influiría en la decisión de mi hermana. Respeté, al pie de la letra, mi compromiso. ¿No es así, hermana?


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