El Americano

El Americano

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—¿Qué es lo que le han hecho… qué significa esto? —preguntó con el mismo esfuerzo por mantener la calma, fruto de su constante práctica en tomarse las cosas con tranquilidad. Estaba agitado, pero en él la agitación no era sino una deliberación más intensa; era como un nadador desnudo.

—Significa que he renunciado a usted —dijo madame de Cintré—. Eso significa.

Su rostro estaba demasiado cargado de una expresión trágica como para no confirmar sus palabras por completo. Newman estaba profundamente horrorizado, pero hasta ahora no sentía ningún resentimiento hacia ella. Estaba asombrado, aturdido, y la presencia de la vieja marquesa y de su hijo parecía golpearle los ojos como el fulgor de la linterna de un vigilante.

—¿No puedo verla a solas? —preguntó.

—Únicamente sería más doloroso. Esperaba no verle… iba a escaparme. Le escribí. Adiós.

Y volvió a tenderle la mano.

Newman se metió las manos en los bolsillos.

—Iré con usted —dijo.

Ella puso las dos manos sobre el brazo de Newman.

—¿Me concederá un último ruego? —dijo, y mientras le miraba encarecidamente sus ojos se llenaron de lágrimas—. Deje que me vaya sola… deje que me vaya en paz. No puedo llamarlo paz… es la muerte. Pero déjeme enterrarme. Así que… adiós.


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