El Americano

El Americano

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Madame de Bellegarde se dio un golpe seco con el abanico en la palma de la mano.

—Si no lo acepta, señor, lo puede dejar. Lo que usted haga tiene muy poca importancia. Mi hija ha renunciado a usted.

—Ella no lo dice en serio —declaró Newman después de un momento.

—Creo que le puedo asegurar que sí —dijo el marqués.

—Pobre mujer, ¿qué cosa tan condenable le han hecho? —exclamó Newman.

—¡Despacio, despacio! —murmuró monsieur de Bellegarde.

—Ya se lo ha dicho —dijo la vieja dama: yo se lo ordené.

Newman sacudió la cabeza, desalentado.

—Este tipo de cosas no puede ser, sabe usted —dijo—. No se puede utilizar a un hombre de esa manera. No tiene usted ningún derecho; no tiene ningún poder.

—Mi poder —dijo madame de Bellegarde— está en la obediencia de mis hijos.

—En su temor, según dijo su hija. Hay algo muy raro en esto. ¿Por qué habría de temerla su hija? —añadió Newman, después de mirar un instante a la vieja—. Aquí hay juego sucio.


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