El Americano
El Americano La marquesa le devolvió la mirada sin inmutarse, y como si no escuchase ni tuviese en cuenta lo que decÃa.
—Hice lo que pude —dijo tranquilamente—. No pude soportarlo más.
—¡Era un experimento arriesgado! —dijo el marqués.
Newman sintió ganas de avanzar hasta él, agarrarle del cuello con los dedos y apretarle el gaznate con el pulgar.
—No hace falta que le diga lo que opino de usted —dijo—; por supuesto que lo sabe. Pero me atreverÃa a pensar que tendrá miedo de sus amigos… todas aquellas personas que me presentó la otra noche. HabÃa entre ellos algunas personas muy simpáticas; puede usted estar seguro de que habÃa bastantes hombres y mujeres honrados.
—Contamos con la aprobación de nuestros amigos —dijo monsieur de Bellegarde—; no hay ni una sola familia entre ellos que hubiese actuado de otra manera. Y, aunque no fuese asÃ, no seguimos el ejemplo de nadie. Los Bellegarde han estado acostumbrados a dar ejemplo, no a esperar que se les dé.