El Americano
El Americano Llevó a efecto esa ceremonia al día siguiente, cuando, tras previa cita, Christopher Newman fue a cenar con él. El señor y la señora Tristram vivían detrás de una de esas fachadas color tiza que decoran con su pomposa monotonía las anchas avenidas elaboradas por el barón Haussmann en las inmediaciones del Arco del Triunfo. Su apartamento abundaba en comodidades modernas, y a Tristram le faltó tiempo para dirigir la atención de su visitante a sus principales tesoros domésticos, las lámparas de gas y los tubos de las calderas.
—Siempre que se sienta nostálgico —dijo—, debe venir aquí. Le pondremos delante de un hornillo, bajo un estupendo quemador, y…
—Y pronto se le pasará la nostalgia —dijo la señora Tristram.
