El Americano

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—No cabe mejor prueba de nuestra buena fe —dijo el marqués— que el que nos comprometiésemos con usted a los ojos del mundo en aquella velada. Intentamos comprometernos… atarnos las manos, por así decirlo.

—Pero fue eso mismo —añadió su madre— lo que nos abrió los ojos y rompió nuestras amarras. ¡Habríamos estado sumamente incómodos! Usted sabe —añadió a continuación— que se le puso sobre aviso. Le dije que éramos muy orgullosos.

Newman cogió su sombrero y empezó a alisarlo mecánicamente; la propia furia de su desprecio le impedía hablar.

—No son ustedes lo bastante orgullosos —observó al cabo.

—En realidad, en todo este asunto —dijo el marqués sonriendo— no veo más que nuestra humildad.

—No discutamos más de lo estrictamente necesario —prosiguió madame de Bellegarde—. Mi hija ya se lo contó todo cuando le dijo que renunciaba a usted.

—En lo que respecta a su hija, no me quedo satisfecho —dijo Newman—; quiero saber qué le han hecho. Es demasiado fácil hablar de autoridad y decir que usted se lo ordenó. No me había aceptado a ciegas, y no habría renunciado a mí a ciegas. No es que todavía me crea que realmente ha renunciado a mí; eso habrá de discutirlo conmigo. Pero la han asustado, la han intimidado, la han herido. ¿Qué es lo que le han hecho?


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