El Americano
El Americano —¡Hice bien poco! —dijo madame de Bellegarde, con un tono que en lo sucesivo habrÃa de darle a Newman escalofrÃos cada vez que se acordase.
—PermÃtame recordarle que le hemos ofrecido estas explicaciones —observó el marqués— con el entendimiento expreso de que se abstendrÃa usted de recurrir a un lenguaje violento.
—No soy violento —respondió Newman—, ¡son ustedes los violentos! Pero no creo que tenga mucho más que decirles. Lo que esperan de mÃ, al parecer, es que siga mi camino, agradeciéndoles los favores recibidos y prometiendo no volver a molestarlos jamás.
—Esperamos de usted que actúe como un hombre inteligente —dijo madame de Bellegarde—. Ya lo ha demostrado, y lo que hemos hecho se basa por completo en que lo es. Cuando hay que rendirse, hay que hacerlo. Puesto que mi hija se retira totalmente, ¿de qué sirve que arme usted un alboroto?
—Queda por ver si su hija se retira totalmente. Su hija y yo seguimos siendo muy buenos amigos; nada ha cambiado a ese respecto. Como digo, lo hablaré con ella.
—Eso no servirá de nada —dijo la vieja dama—. Conozco a mi hija lo bastante bien para saber que, cuando pronuncia palabras como las que acaba de decirle, son terminantes. Además, me lo ha prometido.