El Americano
El Americano —No me cabe la menor duda de que su promesa vale mucho más que la de usted —dijo Newman—; aun asÃ, no renuncio a ella.
—¡Como usted guste! Pero si ella ni siquiera le ve (y asà será), su constancia tendrá que quedarse en puramente platónica.
El pobre Newman estaba fingiendo una seguridad mayor que la que sentÃa. De hecho, la extraña intensidad de madame de Cintré le habÃa helado el corazón; su rostro, que seguÃa grabado en la imaginación de Newman, habÃa sido una imagen terriblemente gráfica de la renuncia. Se sintió enfermo y súbitamente indefenso. Se alejó y se detuvo un momento con la mano en la puerta; entonces se dio media vuelta y, tras un brevÃsimo titubeo, rompió a hablar con un acento distinto.