El Americano

El Americano

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—¡Venga, piensen en lo que esto debe de significar para mí, y déjenla en paz! ¿Por qué se oponen tanto a mí… qué tengo de malo? No puedo hacerles daño, no se lo haría aunque pudiese. Soy el tipo más intachable del mundo. ¿Y qué si soy una persona mercantil? ¿A qué demonios se refieren con eso? ¿Una persona mercantil? Seré el tipo de persona que ustedes quieran que sea. Nunca les hablo de negocios. Suéltenla, y no haré ninguna pregunta. Me la llevaré conmigo, y jamás volverán a verme ni a saber de mí. Me quedaré en América, si lo desean. ¡Firmaré un papel con la promesa de no regresar nunca a Europa! ¡Lo único que quiero es no perderla!

Madame de Bellegarde y su hijo intercambiaron una mirada de lúcida ironía, y Urbain dijo:

—Mi querido señor, lo que propone apenas mejora las cosas. No tenemos el menor reparo en verle como a un cordial extranjero, y sí tenemos todas las razones para no desear separarnos eternamente de mi hermana. Nos oponemos al matrimonio, y tal y como usted lo expone —y monsieur de Bellegarde soltó una débil risita— estaría más casada que nunca.

—Bueno, entonces —dijo Newman—, ¿dónde está ese sitio… Fleurières? Sé que está cerca de una antigua ciudad que hay una colina.


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