El Americano
El Americano —Perdóneme —respondió ella con mucho tacto—. No dejo de tenerle lástima, sobre todo porque estoy en la raÃz de sus tribulaciones. No he olvidado que yo le sugerà este matrimonio. No creo que madame de Cintré tenga ninguna intención de casarse con lord Deepmere. Lo cierto es que no es más joven que ella, como parece. Tiene treinta y tres años; lo miré en el Peerage[30]. Pero no… no soy capaz de creer que sea tan horriblemente, tan cruelmente falsa.
—Por favor, no diga nada contra ella —dijo Newman.
—Pobre mujer, es cruel. Pero, por supuesto, usted irá tras ella y suplicará con todas sus fuerzas. ¿Sabe que, tal y como está usted ahora —prosiguió la señora Tristram con su caracterÃstico descaro para los comentarios—, resulta sumamente elocuente, aunque no hable? Para resistirse a usted, a una mujer se le tiene que haber metido una idea muy fija en la cabeza. ¡Ya quisiera yo haberle hecho daño, para que acudiese a mà de esa manera tan excelente! Pero, en cualquier caso, vaya a ver a madame de Cintré y dÃgale que incluso para mà es todo un rompecabezas. Siento mucha curiosidad por ver hasta qué punto llega la disciplina familiar.
Newman siguió sentado un rato más, apoyando los codos en las rodillas y la cabeza en las manos, y la señora Tristram continuó mezclando caridad con filosofÃa y compasión con crÃtica. Al fin, preguntó: