El Americano
El Americano —¡Se han echado atrás! —dijo ella—. Bueno, le podrá parecer extraño, pero la otra noche noté algo en el ambiente.
A renglón seguido, Newman le contó su historia; la señora Tristram le escuchaba sin dejar de mirarle. Cuando hubo terminado, dijo con voz queda:
—Quieren que se case con lord Deepmere —Newman la miró fijamente. No sabÃa que ella supiese nada de lord Deepmere—. Pero no creo que lo haga —añadió su amiga.
—¡Ella, casarse con ese mocoso! —exclamó Newman—. ¡Ah, Señor! Aun asÃ, ¿por qué me ha rechazado?
—Pero no es sólo eso —dijo la señora Tristram—. Realmente, no podÃan soportarle más. HabÃan sobreestimado su propio coraje. Debo admitir, para hacer honor a la verdad, que hay algo bastante exquisito en todo esto. Lo que no podÃan tragar era su aspecto mercantil en abstracto. Eso es verdaderamente aristocrático. QuerÃan su dinero, pero han renunciado a usted por una idea.
Newman frunció el ceño con inmenso pesar, y volvió a coger su sombrero.
—¡Pensaba que usted me darÃa ánimos! —dijo con una tristeza casi infantil.