El Americano
El Americano No partió de inmediato hacia Fleurières; estaba demasiado aturdido y dolido para hacer nada a continuación. Se limitó a caminar; caminó en línea recta, siguiendo el río, hasta que salió de la enceinte[29]. Le estremecía una ardiente sensación de ultraje personal. Jamás en su vida había sido objeto de un rechazo tan absoluto; nunca le habían parado en seco o, como habría dicho él, «dejado plantado» tan bruscamente, y la sensación le resultó insoportable; siguió avanzando a zancadas, dando fieros golpecitos a los árboles y a las farolas con su bastón y bramando por dentro. Perder a madame de Cintré después de su jubilosa y triunfal toma de posesión era tanto una gran afrenta a su orgullo como una herida a su felicidad. ¡Y perderla por la intromisión y el dictado de otros, por culpa de una insolente anciana y un pretencioso petimetre que habían intervenido con su «autoridad»! Era demasiado grotesco, demasiado lamentable. En lo que juzgaba como la desvergonzada traición de los Bellegarde, Newman desperdició pocas cavilaciones; la encomendó, de una vez para siempre, a la eterna condenación. Sin embargo, la traición de la propia madame de Cintré le asombraba y le confundía; por supuesto, había una clave del misterio, pero en vano estuvo buscándola. Tan sólo habían transcurrido tres días desde que estuvo con él bajo la luz de las estrellas, hermosa y serena como la confianza que él le había inspirado, y diciéndole que la perspectiva de su matrimonio la hacía feliz. ¿Cuál era el significado del cambio? ¿De qué pócima infernal había bebido? El pobre Newman tenía la terrible aprensión de que realmente había cambiado. Era precisamente su admiración por ella lo que añadía fuerza y peso a su ruptura. Pero no la recriminó por falsa, porque estaba seguro de que era desdichada. En su paseo había cruzado ya uno de los puentes del Sena, y aun así siguió, distraídamente, por el largo muelle continuo. París se había quedado atrás, y casi había llegado al campo; estaba en el bonito arrabal de Auteuil. Al fin se detuvo y miró a un lado y a otro, sin ver nada ni interesarse por el bonito entorno, y después se dio lentamente la vuelta y, a paso más lento, deshizo lo andado. Al llegar a la altura del fantástico malecón conocido por el nombre de Trocadero, le vino, abriéndose paso a través de su punzante dolor, la idea de que estaba cerca de la morada de la señora Tristram, y pensó que ésta, en ocasiones especiales, sabía expresarse con la bondad típica de las mujeres. Sentía necesidad de verter toda su ira, y tomó el camino que se dirigía hacia su casa. La señora Tristram estaba allí, y sola, y nada más ver a Newman cuando entró en la habitación le dijo que sabía a lo que había venido. Newman se sentó con un ademán cansino, en silencio, y se quedó mirándola.