El Americano
El Americano Mientras se abrían paso entre el engañoso amanecer gris, entre los montones de estiércol de la calle de la aldea, el recién conocido de Newman narró los detalles del duelo. Las condiciones del encuentro habían sido que, si el primer intercambio de disparos no satisfacía a uno de los caballeros, tendría lugar un segundo. La primera bala de Valentin había hecho justo lo que el acompañante de Newman estaba convencido de que pretendía éste; había rozado el brazo de monsieur Stanislas Kapp, ocasionándole un mero rasguño en la piel. El proyectil de monsieur Kapp, a su vez, se había desviado más de diez pulgadas de Valentin. Los representantes de monsieur Stanislas habían exigido otro disparo, que fue concedido. Entonces Valentin había disparado a un lado y el joven alsaciano había hecho un disparo efectivo. «Ya me había dado cuenta, cuando nos reunimos con él sobre el terreno —dijo el informante de Newman— de que no iba a ser commode. Tiene una especie de temperamento bovino». Inmediatamente habían instalado a Valentin en la posada, y monsieur Stanislas y sus amigos se habían retirado a regiones ignotas. Las autoridades policiales del cantón habían ido a ver al grupo a la posada, habían sido sumamente majestuosas y habían redactado un largo informe; pero era probable que hicieran la vista gorda ante un derramamiento de sangre tan caballeroso. Newman preguntó si se había mandado aviso a la familia, y supo que hasta una hora muy avanzada de la noche anterior Valentin se había opuesto a ello. Se había negado a creer que su herida fuese peligrosa. Pero tras su encuentro con el cura había accedido, y se había despachado un telegrama a su madre.