El Americano

El Americano

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Valentin seguía tendido con los ojos cerrados, y no se apreciaba ningún cambio en su condición. Newman se sentó a su lado, y durante un largo rato le estuvo observando de cerca. Después sus ojos se extraviaron, en compañía de sus pensamientos sobre su propia situación, y se posaron sobre la cordillera de los Alpes, que había quedado a la vista después de retirar la parva cortina de algodón blanco de la ventana, por la que la luz del sol se colaba depositándose en cuadrados sobre las baldosas rojas del suelo. Intentó entreverar sus reflexiones con la esperanza, pero sólo lo consiguió a medias. Lo que le había ocurrido parecía tener, por su violencia y su descaro, la fuerza de una auténtica calamidad: la fuerza y la insolencia del propio Destino. Era antinatural y monstruoso, y Newman carecía de armas para enfrentarse a ello. Al fin, un sonido chocó contra el silencio, y oyó la voz de Valentin.

—¡Esa cara tan larga no será por mí!

Vio, al girarse, que Valentin yacía en la misma postura; pero tenía los ojos abiertos, e incluso intentaba sonreír. Con una fuerza muy débil devolvió la presión de la mano de Newman.

—Le llevo mirando desde hace un cuarto de hora —siguió Valentin—; tiene cara de pocos amigos. Está usted enormemente disgustado conmigo, ya lo sé. ¡Bueno, claro! ¡También yo lo estoy!


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