El Americano
El Americano Newman no estaba de humor para disfrutar de buena compañía. No podía comer ni hablar; le dolía el alma de aflicción y de furia, y el peso de su doble desgracia se le hacía insoportable. Permaneció sentado con los ojos clavados en el plato, contando cada minuto, ora deseando que Valentin le viese y le dejase en libertad para ir en busca de madame de Cintré y de su felicidad perdida, ora diciéndose acto seguido a sí mismo que era un vil salvaje por el impaciente egoísmo de su deseo. Era muy mala compañía, y ni siquiera su profunda preocupación y su generalizada carencia del hábito de ponderar la impresión que producía en otros le impedían reflexionar que sus compañeros debían de estar perplejos al ver cómo el pobre Bellegarde le había tomado tanto afecto a este yanqui taciturno que le resultaba imprescindible tenerle a su lado en su lecho de muerte. Después del desayuno, se fue paseando solo hasta la aldea y estuvo mirando la fuente, los gansos, las puertas abiertas de los graneros, a las ancianas asoleadas y encorvadas en cuyo lento taconeo se asomaban por el borde de los zuecos los remendadísimos talones de los calcetines, y la bella vista del Alpe nevado y del Jura púrpura a cada extremo de la callejuela. El día era radiante; el despuntar de la primavera estaba en el aire y en la luz del sol, y la humedad del invierno goteaba por los aleros de las cabañas. En toda la naturaleza no había sino nacimiento y esplendor, incluso para las gallinas cacareantes y los torpes gansarinos, y al pobre, alocado, generoso y encantador Bellegarde le esperaban la muerte y la sepultura. Newman caminó hasta la iglesia de la aldea y entró en el pequeño cementerio anexo, donde se sentó y miró las desmañadas lápidas que estaban hincadas por doquier. Todas eran sórdidas y horrendas, y él sólo fue capaz de sentir la dureza y la gelidez de la muerte. Se levantó y regresó a la posada, donde se encontró con monsieur Ledoux, que estaba tomándose un café y fumando un cigarrillo en una mesita verde que había hecho sacar al pequeño jardín. Al enterarse de que el doctor seguía velando a Valentin, le preguntó a monsieur Ledoux tenía permiso para hacer el relevo; tenía grandes deseos de serle útil a su pobre amigo. Esto se zanjó con facilidad; el doctor tuvo mucho gusto en irse a la cama. Era un médico joven y bastante garboso, pero tenía un rostro inteligente y llevaba la insignia de la Legión de Honor en el ojal; Newman escuchó con atención las instrucciones que le dio antes de retirarse, y cogió mecánicamente de su mano un pequeño volumen que el médico le recomendó a modo de ayuda contra el insomnio, y que resultó ser una copia vieja de Las amistades peligrosas.