El Americano
El Americano Monsieur Ledoux era muy católico, y a Newman se le antojó una extraña mezcla. Su semblante, a la luz del día, tenía una especie de afable aire saturnino; su nariz era muy larga y afilada, y parecía un cuadro español. Al parecer, consideraba que el duelo era un arreglo perfecto siempre y cuando uno pudiese, si resultaba herido, ver rápidamente al cura. Parecía muy satisfecho con la entrevista entre Valentin y el cura, y sin embargo su conversación no era en absoluto indicativa de una estructura mental mojigata. Era evidente que monsieur Ledoux tenía un elevado sentido del decoro, y estaba preparado para ser cortés y elegante en cualquier tema. Siempre iba surtido de una sonrisa (que le subía el bigote hasta el borde de la nariz) y una explicación. Savoir-vivre era su especialidad, en la que incluía saber morir; pero, como reflexionó Newman con una buena dosis de muda irritación, parecía dispuesto a delegar en otros la aplicación de su sabiduría sobre este último punto. Monsieur Grosjoyaux era de muy distinta índole, y parecía valorar la unción teológica de su amigo como síntoma de una mente inaccesiblemente superior. Era obvio que estaba haciendo todo lo que estaba en sus manos, con una especie de ternura jovial, por hacerle la vida agradable a Valentin hasta el último momento, y por ayudarle a que echase en falta lo menos posible el Boulevard des Italiens; pero, sobre todo, lo que más ocupaba sus pensamientos era el misterio de que el desmañado hijo de un cervecero hubiese hecho tan buen disparo. Él mismo era capaz de apagar una vela de un tiro, etc., y con todo confesó que no habría podido hacerlo mejor. Se apresuró a añadir que en esta ocasión se habría propuesto no hacerlo tan bien. ¡No era ocasión para un acto asesino como ése, que diable! Él habría escogido algún discreto lugar carnoso y se habría limitado a pincharlo con una bala inofensiva. Monsieur Stanislas Kapp había estado lamentablemente torpe; y es que, claro, ¡si el mundo había llegado a ese trance en el que uno concedía un desafío al hijo de un cervecero…! Esto era lo más cercano a una generalización por parte de monsieur de Grosjoyaux. Siguió mirando por la ventana, por encima del hombro de monsieur Ledoux, a un árbol delgado que estaba al final de una senda, frente a la posada, y daba la impresión de que estaba midiendo a cuánta distancia estaba de su brazo extendido y deseando en secreto que, ya que el tema había salido, las reglas del decoro no prohibiesen hacer un poco de práctica de tiro especulativa.