El Americano
El Americano Habría que añadir, sin más dilación y para evitar malentendidos, que su pequeño plan de independencia no incluía expresamente la ayuda de otra persona del sexo opuesto; no estaba ahorrando virtud para cubrir los costes de un flirteo. Había varios motivos para ello. Para empezar, tenía un rostro muy vulgar, y estaba muy lejos de hacerse ilusiones sobre su aspecto. Le tenía tomadas las medidas hasta al último cabello, conocía lo peor y lo mejor, se había aceptado a sí misma. Y esto, sin duda, no sin esfuerzo. Cuando era una muchacha se había pasado horas de espaldas al espejo, llorando a lágrima viva; y más adelante, impulsada por la desesperación y a modo de bravuconada, había adoptado la costumbre de proclamarse la mujer menos agraciada del mundo, con el fin —como era inevitable según la cortesía habitual— de ser contradicha y reafirmada. Fue al venir a vivir a Europa cuando empezó a tomarse el asunto con filosofía. Sus dotes de observación, que aquí ejercitaba vivamente, le habían sugerido que el primer deber de una mujer no es ser hermosa, sino simpática; y se encontró con tantas mujeres que agradaban sin hermosura, que empezó a sentir que había descubierto su misión. En cierta ocasión, le había oído afirmar a un músico entusiasta, al que un inspirado zote le había agotado la paciencia, que en realidad una buena voz supone un obstáculo para cantar como es debido; y se le ocurrió que, de la misma manera, quizá fuese cierto que un rostro hermoso es un obstáculo para la adquisición de modales encantadores. La señora Tristram, por tanto, se dedicó a ser exquisitamente simpática, y le echó a la tarea una devoción realmente conmovedora. Hasta qué punto habría tenido éxito, no puedo saberlo; por desgracia, se apeó a medio camino. Su propia excusa fue la falta de ánimos por parte de su círculo inmediato. Pero me inclino a pensar que carecía de auténtico genio para el asunto, pues si no se habría dedicado al encantador arte por sí mismo. La pobre dama era muy incompleta. Recurrió a las armonías del tocador, que entendía a fondo, y se contentó con vestirse a la perfección. Vivía en París, ciudad que fingía detestar, porque sólo en París se podía hallar cosas que encajasen exactamente con el aspecto de uno. Además, fuera de París siempre suponía cierto trastorno conseguir guantes de diez botones. Cuando vituperaba esta servicial ciudad y se le preguntaba dónde preferiría residir, ofrecía respuestas harto inesperadas. Decía que en Copenhague o en Barcelona, habiendo pasado un par de días en cada uno de estos sitios cuando hizo la gira europea. En conjunto, con sus poéticos faralaes y su pequeño rostro mal formado e inteligente, era, cuando se la conocía, una mujer indudablemente interesante. Era tímida por naturaleza, y es probable que (puesto que carecía de vanidad) de haber nacido una belleza habría seguido siendo tímida. Ahora bien, era a la vez apocada e importuna; extremadamente reservada a veces con sus amigos y extrañamente expansiva con desconocidos. Despreciaba a su marido; le despreciaba en exceso, puesto que había tenido absoluta libertad para no casarse con él. Había estado enamorada de un hombre inteligente que la había desairado, y se había casado con un necio con la esperanza de que aquel ingrato listillo, al reflexionar, llegase a la conclusión de que era ciega al mérito, y de que se había hecho ilusiones al suponer que ella apreciaba el suyo. Inquieta, descontenta, quimérica, sin ambiciones personales pero con cierta codicia de imaginación, era, como he dicho antes, eminentemente incompleta. Estaba llena —para bien y para mal— de inicios que se quedaban en nada; pero a pesar de todo poseía, moralmente, una chispa del fuego sagrado.