El Americano
El Americano A Newman le gustaba, en toda circunstancia, la compañía de las mujeres; y ahora que estaba fuera de su elemento nativo, y privado de sus intereses habituales, se volcó en ella para compensar. Cobró un gran afecto a la señora Tristram; ella le correspondió sinceramente, y después de su primer encuentro pasó un buen número de horas en su sala de estar. Al cabo de dos o tres charlas se hicieron amigos íntimos. Newman tenía una peculiar conducta con las mujeres, y exigía cierto ingenio por parte de una dama descubrir que la admiraba. Carecía de toda galantería, en el sentido habitual del término; ningún cumplido, ninguna lindeza, ningún discurso. Muy dado a lo que se llama hacer chanzas en sus tratos con los hombres, nunca se encontraba en un sofá junto a un miembro del sexo débil sin sentirse extremadamente serio. No era tímido, y, en la medida en que la torpeza nace de una lucha contra la timidez, no era torpe; serio, atento, sumiso, a menudo silencioso, simplemente se dejaba llevar por una especie de rapto de respeto. Esta emoción no era en absoluto teórica, ni siquiera era muy sentimental; había reflexionado muy poco sobre la «posición» de las mujeres, y no le resultaba familiar, ni por simpatía ni por ningún otro medio, la imagen de un presidente con enaguas. Su actitud era simplemente el fruto de su bondad general y parte de su suposición, instintiva y sinceramente democrática, de que todo el mundo tiene derecho a llevar una vida fácil. Si un mendigo harapiento tenía derecho a cama, alojamiento, salario y voto, por supuesto que las mujeres, que eran más débiles que los mendigos y cuyo tejido físico era en sí mismo un atractivo, debían ser mantenidas, sentimentalmente, con fondos públicos. Newman estaba dispuesto a pagar generosos impuestos para este fin, en proporción a sus medios. Es más, para él muchas de las tradiciones comunes con respecto a las mujeres eran refrescantes impresiones personales; ¡jamás había leído una novela! Le habían impresionado su agudeza, su sutileza, su tacto, sus acertados juicios. Le parecían exquisitamente organizadas. Si es cierto que en las tareas de este mundo uno siempre ha de tener una religión, o al menos un ideal, de algún tipo, Newman hallaba su inspiración metafísica en una vaga aceptación de su responsabilidad última con alguna esclarecida testa femenina.