El Americano
El Americano Pasaba una buena parte del tiempo escuchando los consejos de la señora Tristram; consejos, todo sea dicho, que nunca había pedido. No habría sido capaz de hacerlo, pues carecía de la menor percepción de las dificultades y, por tanto, de la menor curiosidad respecto a los remedios. El complejo mundo parisino que le rodeaba le parecía un asunto muy simple; era un espectáculo inmenso, asombroso, pero ni inflamaba su imaginación ni excitaba su curiosidad. Se metía las manos en los bolsillos, miraba afablemente, deseaba no perderse nada importante, observaba de cerca un montón de cosas y nunca volvía sobre sí mismo. Los «consejos» de la señora Tristram formaban parte del espectáculo, y eran el elemento más entretenido de su abundante cotilleo. Disfrutaba oyéndole hablar de él; parecía parte de su hermoso ingenio, pero jamás llevó a la práctica nada de lo que decía ni lo recordaba cuando se alejaba de ella. En cuanto a ella, se apropió de Newman; hacía muchos meses que no se le presentaba una cosa tan interesante en la que pensar. Deseaba hacer algo con él; apenas sabía qué. Lo tenía todo; era tan rico y tan fuerte, tan natural, amigable y bien dispuesto que mantenía su imaginación en constante estado de alerta. Por ahora, lo único que podía hacer era tenerle afecto. Le dijo que era un hombre «terriblemente típico del Oeste», pero en este cumplido el adverbio estaba teñido de insinceridad. Le llevaba con ella a todas partes, le presentó a cincuenta personas y se sentía extremadamente satisfecha con su conquista. Newman aceptaba cada propuesta, estrechaba manos de manera generalizada y promiscua y parecía tan ajeno al azoramiento como a la euforia. Tom Tristram se quejaba de la avidez de su esposa, y proclamaba que nunca conseguía estar cinco minutos seguidos con su amigo. De haber sabido cómo se iban a desarrollar las cosas, no le habría llevado a la Avenue d’Iéna. En otros tiempos, estos dos hombres no habían sido íntimos, pero Newman recordaba la antigua impresión que tenía de su anfitrión, y le hizo la justicia a la señora Tristram, que de ningún modo le había franqueado el acceso a sus confidencias, pero cuyo secreto había descubierto, de admitir que su marido era un mortal bastante degenerado. A los veinticinco años era un buen tipo, y aunque a este respecto no había cambiado, cabía esperar algo más de un hombre de su edad. La gente decía que era sociable, pero esto era tan evidente como que una esponja mojada se dilata, y tampoco es que fuera la suya una sociabilidad de primer orden. Era un gran cotilla y un charlatán, y con el fin de provocar unas risas no habría perdonado ni la reputación de su anciana madre. Newman tenía cariño a los viejos recuerdos, pero le resultaba imposible no darse cuenta de que en la actualidad Tristram era un peso pluma. Sus únicas aspiraciones eran resistir en el póquer en su club, conocer los nombres de todas las cocottes, dar apretones de manos a diestro y siniestro, atiborrar su sonrosado gaznate de trufas y champaña y crear incómodos torbellinos y obstáculos entre los átomos constitutivos de la colonia americana. Era vergonzosamente holgazán, débil, sensual, presuntuoso. Irritaba a nuestro amigo con el tono de sus alusiones al país natal de ambos, y Newman no conseguía entender por qué Estados Unidos no era lo bastante bueno para el señor Tristram. Nunca había sido un patriota demasiado consciente, pero le exasperaba que su amigo apenas le diese mejor trato que a un olor vulgar ante sus narices, y finalmente estalló y juró que era el mejor país del mundo, que se podía meter toda Europa en el bolsillo del pantalón y que a un americano que hablase mal de Estados Unidos habría que enviarle de vuelta a casa con grilletes y obligarle a vivir en Boston. (Esto, para Newman, era una manera muy vindicativa de exponer las cosas). Era cómodo reprender a un hombre como Tristram; no tenía malicia, y siguió insistiendo para que Newman pusiera término a sus veladas en el Club Occidental.