El Americano

El Americano

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—Mi querido amigo, ¿cómo voy a intentarlo? Intentarlo es un ejercicio violento, y esas cosas están contraindicadas para un hombre que en su costado tiene un agujero tan grande como su sombrero, y que empieza a sangrar al menor movimiento. Sabía que vendría —continuó—; sabía que me despertaría y le encontraría aquí; así que no estoy sorprendido. Pero anoche estaba muy impaciente. No sabía cómo me iba a poder quedar quieto hasta su llegada. Era cuestión de quedarse quieto, exactamente así; tan quieto como una momia en su funda. Habla usted de intentarlo; ¡eso sí que lo intenté! Bueno, aquí sigo todavía… Veinte horas. Parecen veinte días —hablaba despacio y sin energía, pero con suficiente claridad. Era evidente, sin embargo, que tenía dolores inmensos, y al fin cerró los ojos. Newman le rogó que guardase silencio y se ahorrase esfuerzos; el doctor había dado órdenes apremiantes—. Ah —dijo Valentin—, comamos y bebamos, porque mañana… mañana… —y se detuvo de nuevo—. No, mañana no, sino hoy quizá. No puedo comer ni beber, pero puedo hablar. ¿Qué se va a ganar, en este trance, con la renun… con la renuncia? No debo usar palabras tan grandes. Siempre fui un charlatán; ¡Dios mío, cómo he hablado en mis tiempos!

—Buen motivo para guardar silencio ahora —dijo Newman—. Todos sabemos lo bien que habla, ¿sabe?


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