El Americano
El Americano Pero Valentin, sin hacerle caso, continuó con la misma pronunciación arrastrada y moribunda.
—QuerÃa verle porque usted ha visto a mi hermana. ¿Lo sabe ella… vendrá?
Newman se sintió violento.
—SÃ, a estas alturas debe de saberlo.
—¿No se lo ha contado? —preguntó Valentin. Y después, a continuación—: ¿No me trae ningún mensaje de su parte?
Sus ojos se posaron sobre su amigo con una especie de tierno anhelo.
—No la vi después de recibir su telegrama —dijo Newman—. Le escribÃ.
—¿Y no le envió ninguna respuesta?
Newman se vio obligado a responder que madame de Cintré habÃa dejado ParÃs.
—Ayer se marchó a Fleurières.
—¿Ayer… a Fleurières? ¿Por qué se ha ido a Fleurières? ¿Qué dÃa? ¿Ayer qué dÃa fue? ¡Ah, entonces no la veré! —dijo con tristeza Valentin—. ¡Fleurières está demasiado lejos! —y volvió a cerrar los ojos. Newman se quedó callado, apelando a la ayuda de la piadosa inventiva, pero se alivió al advertir que al parecer Valentin estaba demasiado débil para razonar o sentir curiosidad. No obstante, siguió hablando—. Y mi madre… y mi hermano… ¿vendrán? ¿Están en Fleurières?