El Americano

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CAPÍTULO XX

Valentin de Bellegarde murió serenamente, justo cuando la aurora fría y tenue de marzo empezaba a iluminar los rostros del pequeño grupo de amigos que se había reunido en torno a su cama. Una hora después, Newman se fue de la posada en dirección a Ginebra; como es natural, no quería estar presente cuando llegasen madame de Bellegarde y su primogénito. De momento, se quedó en Ginebra. Era como un hombre que ha sufrido una caída y se quiere sentar para contarse las magulladuras. Escribió al instante a madame de Cintré, relatándole las circunstancias de la muerte de su hermano —con ciertas excepciones— y preguntándole en qué momento, cuanto antes, podía albergar esperanzas de que consintiera en verle. Monsieur Ledoux le había dicho que tenía motivos para saber que el testamento de Valentin —Bellegarde poseía muchos y elegantes bienes personales que ceder— contenía la petición de que se le enterrase cerca de su padre en el cementerio de Fleurières, y Newman decidió que el estado de sus propias relaciones con la familia no le privaría de la satisfacción de ayudar a rendir los últimos honores mundanos al mejor tipo del mundo. Reflexionó que su amistad con Valentin venía de antes de su enemistad con Urbain, y que en un funeral era fácil pasar inadvertido. La respuesta de madame de Cintré a su carta le permitió programar su llegada a Fleurières. Era muy breve; rezaba como sigue:


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